“La verdad os hará libres”
La Biblia, Jesucristo

La libertad de expresión, en el ojo del huracán
Los periodistas –o periodistas en potencia, como es el caso- nos movemos en un terreno de secretos, de verdades a medias, de sucesos que algunos pretenden ocultar a la opinión pública. O eso dice nuestro profesor de Derecho de la Información. Puede que el asunto resuene en nuestros oídos pleno de historias de espías al más puro estilo 007, con malos poderosos que pretenden que no se conozca la verdad de sus maldades. Nada más lejos de la realidad; desde la perspectiva de un estudiante de Periodismo, la asignatura de Derecho se presenta como un páramo saturado de eufemismos en donde sólo importan las excepciones a la regla. Necesaria pero generalmente aburrida, a veces interesante: así es la asignatura.
Todo esto venía a colación de los llamados secretos oficiales. Resulta que la propia Constitución señala que las Administraciones públicas deben ser transparentes en sus relaciones con los ciudadanos, si bien en su artículo 105 dispone que la ley regulará el acceso de los ciudadanos a los archivos y registros administrativos, “salvo en lo que afecte a la seguridad y defensa del Estado, la averiguación de los delitos y la intimidad de las personas”. Por tanto, el trabajo de la Administración se desarrolla con luz y taquígrafos hasta cierto punto. Similar es el caso de la libertad de expresión, derecho que también cuenta con límites tales el derecho a la propia imagen o a la intimidad.
Y es que el tema de los secretos oficiales entronca en cierto modo con la libertad de expresión y sus cortapisas. De hecho, no hace muchos días se celebraba el día mundial de la libertad de prensa. Una prensa situada más que nunca en el ojo del huracán, atenazada por la crisis económica y unas presiones políticas que amenazan al periodismo libre. Un preocupante informe señalaba que en 2008 la libertad de prensa se deterioró en los 195 países analizados: países como Israel o Italia pasan a considerarse países “parcialmente libres”. ¡Italia! No hace mucho que pensábamos que esto era cosa de países bananeros y tercermundiastas como Cuba o Corea del Norte. Resulta que los políticos de turno se han dado cuenta de que los medios ponen y quitan gobiernos.
Pero quisiera volver a la premisa inicial. Como dije, el periodismo se mueve en un terreno pantanoso en el que algunos –generalmente los poderosos o las autoridades que tienen algo que ocultar- tratan de hurtar a la opinión pública el conocimiento de determinados hechos. Tal es el caso de los políticos corruptos, que aquí en España parecen ser legión. Sin embargo, en el otro extremo encontramos a algunos sectores que pretenden justo lo contrario: encontrar en los medios el altavoz ideal para sus fechorías. Me refiero a los terroristas y a los “hechos-noticia” de Umberto Eco. ¿Acaso no pretendían los terroristas del 11-S precisamente eso? Incluso hay teorías que apuntan que Mohammed Atta y sus esbirros eligieron esa hora porque el espectáculo sería visible simultáneamente en todo el mundo: por la mañana en América; por la tarde en Europa y por la noche en Asia.
Se trata de otro de los eternos dilemas que oprime a la profesión periodística. ¿Por qué dar voz a aquéllos que matan precisamente para eso, para aparecer en los medios y generar un estado de miedo en la opinión pública que favorezca sus pretensiones? No falta quien aboga por no informar de las acciones terroristas aludiendo que sería el modo más rápido de acabar con el terrorismo. Sin embargo, ¿cómo faltar al derecho a la información de los ciudadanos, un derecho constitucional por otra parte y el motor que mueve a la prensa desde sus inicios?
Como veis, se trata de una difícil disyuntiva. Por eso creo que no falta quien se escuda en una imparcialidad errónea para no afrontar este problema y escurrir el bulto. Un claro ejemplo nos lo brinda la BBC, quien no califica a nadie de terrorista, ni a nada de un acto de terrorismo. Según su Escuela de Periodismo, la BBC describe determinados hechos para que la audiencia saque sus propias conclusiones. “No hay que menospreciar la audiencia”, llegan a afirmar.
Pero, ¿acaso cabe mayor desprecio por la profesión que no llamar a las cosas por su nombre? Una cosa es rehusar los adjetivos y otra muy distinta es emplear eufemismos que difuminen la realidad. Es cierto que el periodismo se mueve en una tierra de grises y que la realidad es demasiado compleja y camaleónica como para verla desde un solo punto de vista. No obstante, la BBC se equivoca, por ejemplo, cuando denomina a ETA como “grupo separatista vasco”. Pistolas contra nucas se llama terrorismo. Blanco y en botella.
Un servidor opina que la objetividad periodística no es sino el deseo del periodista de realizar su trabajo con honestidad, sin faltar a la verdad, tratando siempre de ser lo más objetivo posible. Porque la objetividad total se corresponde con la realidad tangible, y eso es una quimera hasta para el periodista más veterano y avezado. Sin embargo, dicha imparcialidad debería ser el objetivo último de la profesión, la meta final de sus esfuerzos. Por supuesto, ello no significa que el periodista no se postule a favor de una serie de valores tales como la libertad, la democracia o el medio ambiente, rebelándose contra el terrorismo o las guerras. En el periodismo, las cosas por su nombre. Y con la verdad por delante.
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