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Archive for 28 agosto 2009

Saramago redime a Caín

agosto 28, 2009 1 comentario

“Dios no es de fiar. ¿Qué diablos de Dios es éste que, para enaltecer a Abel, desprecia a Caín?”

José Saramago

Sigue escribiendo, y cada vez más y más rápido. Quizás sea el trance de la muerte que se acerca. Es Saramago, que a mediados de octubre vuelve con su nueva novela: Caín. Tres libros en apenas un año. No hace siquiera doce meses que el Nobel portugués nos brindaba su Viaje del elefante, una suerte de humor mordaz. Caín se venía gestando hace tiempo, pero comenzó a escribirlo en diciembre de 2008 y lo acabó en apenas cuatro meses.

Esta novela llega dos décadas después de la polémica El evangelio según Jesucristo, que fue vetada por el Gobierno portugués para competir por el Premio Europeo de Literatura, lo que provocó su exilio a Lanzarote. Ahora Saramago vuelve a tratar el tema de la religión, y lo hace sin tapujos: “Dios, el demonio, el bien, el mal, todo eso está en nuestra cabeza, no en el cielo o en el infierno, que también inventamos. No nos damos cuenta de que, habiendo inventado a Dios, inmediatamente nos esclavizamos a él”.

Su mujer Pilar del Río ha anunciado en su blog la noticia de la próxima novela, tráiler incluido. Caín, Abel, Dios, la humanidad… Será acusado por muchos de blasfemia; otros, sin embargo, alabarán su literatura endiablada. Vuelve Saramago a sus 87 años y lo hace más polémico que nunca.

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El desgarrador grito de Michael Corleone

agosto 26, 2009 1 comentario

“Cuando vienen, vienen a por lo que más quieres”

Michael Corleone, El Padrino III

Sólo por la secuencia final El Padrino III se hizo un hueco por derecho propio en la historia del cine moderno. El broche de la trilogía flojea con respecto a los dos metrajes anteriores, eso es algo palmario, pero el clímax final todavía me sacude la memoria de vez en cuando. Y es que el Padrino III no es sino el declive y muerte de Michael Corleone. Digo muerte en todos los sentidos: muerte moral y física. Michael es un hombre viejo y atormentado por su pasado, al más puro estilo “shakesperiano”, pero sabe que no es posible su redención. Perdió a su mujer y a sus hijos, ordenó la muerte de su propio hermano…

Pero a Michael le espera algo peor que la muerte a la salida de la ópera. Su hija Mary acerca para hablar con él justo cuando el asesino a sueldo aprieta el gatillo. Michael sólo resulta herido. Su hija Mary muere en sus brazos. Decía Coppola que durante años tuvo pesadillas con la muerte de su propio hijo. Así las cosas, la muerte de su propia hija en la ficción (Sofía Coppola interpreta a Mary Corleone) le sirvió para exorcizar su propio pasado; la ficción que redime la tragedia personal. Parece el destino. Desde entonces Coppola duerme a pata suelta.

Desde entonces fue Michael Corleone quien convivió con la culpa. Así es como asistimos impávidos a la agonía de Michael, al grito más desgarrador de la historia del cine en un plano que te rompe por dentro, que todavía a día de hoy me pone los pelos como escarpias. No oímos el grito, lo cual lo convierte en un sollozo aún más personal, más desgarrador. Finalmente nos llega el sonido, y sí, es un grito de ultratumba; es el grito de un muerto vivo.

Coppola cumple a rajatabla su regla de dejar siempre lo mejor para el final. Es entonces cuando vemos a un Michael a las puertas de la muerte, sentado en un patio de su Sicilia natal. Han pasado muchos años; no sabemos qué ha ocurrido durante los mismos, pero nos imaginamos sin dificultad el tormento que ha vivido. Un castigo en vida. Y es entonces cuando Michael se desploma en el polvo del suelo.

La rosa de Umberto

agosto 25, 2009 Deja un comentario

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus”

Adso de Melk, El nombre de la rosa

Una hermosa mañana invernal de 1327 el monje franciscano Guillermo de Baskerville se persona en una abadía benedictina del norte de Italia. Llega acompañado de su joven discípulo, el novicio Adso de Melk, a la postre el narrador de la historia. Ambos vienen a investigar la misteriosa muerte del miniaturista Adelmo de Otranto. El problema surge cuando los crímenes se suceden día sí y día también.

“Tenía ganas de envenenar a un monje”. Es la sencilla razón que esgrime Umberto Eco para escribir uno de los novelones de todos los tiempos: El nombre de la rosa. Lo hace en sus Apostillas a el nombre de la rosa, un breve texto sobre los motivos que le llevaron a publicar, en 1980, la novela histórica que le hizo famoso en todo el mundo. El libro combina la crónica medieval y la novela policíaca con inusitada sencillez y eficacia, y la historia no sólo se centra en la vida en el monasterio, sino en las costumbres y en la forma de pensar de toda una era. Una joya.

Antes de El nombre de la rosa, Eco sólo había publicado algunos ensayos y estudios, algunos de tanto éxito como Obra abierta o Apocalípticos e integrados. Sin embargo, El nombre de la rosa se convirtió en best seller planetario, en un clásico instantáneo que desde entonces es su referencia y por el que siempre será recordado. Fue entonces cuando Eco dejó de ser patrimonio de los académicos para serlo de la humanidad literaria. Lo mejor de todo es que nadie se extrañó, dada su inusitada facilidad para pasar de Jorge Luis Borges a 007 en un suspiro.

El nombre de la rosa es un novelón divertidísimo, un trabajo de orfebrería con diálogos casi cinematográficos que cuenta la historia de un Sherlock Holmes medieval trata de resolver los crímenes de una abadía benedictina en pleno siglo XV. Pero la intriga no es sino el pretexto para zambullirnos de cabeza en el Medioevo, en el miedo al Apocalipsis, en la envidia, la muerte, la herejía, la lujuria, el misterio, la teología, la pobreza de Cristo.

El narrador es Adso de Melk, un monje benedictino que recuerda, ya en la vejez, los oscuros acontecimientos que presenció en aquella abadía del Piamonte. Así, vemos no sólo la trama, sino todo el microcosmos medieval, a través de sus ojos medievales. Eco realiza un trabajo de documentación inmenso que pocas novelas históricas pueden superar. Una obra de obligada lectura al menos una vez en la vida porque, a pesar de que su aroma a novela vieja pueda tirar un poco para atrás, en verdad se trata de una trama asequible para todos los públicos.

Así, al tiempo que resolvemos los misteriosos crímenes que acaecen en la abadía, también asistimos a deliciosas conversaciones sobre la licitud de la risa o sobre la llegada del Anticristo, además de a acalorados debates sobre la pobreza o riqueza de la Iglesia, todo ello sazonado con insultos encubiertos y explícitos. Un Salsa Rosa en pleno… ¡Siglo XV!

Mucha pólvora y pocas nueces

agosto 25, 2009 Deja un comentario

“Me gusta el béisbol , el cine , la ropa buena , los coches rápidos y tú. ¿Qué más quieres saber?”

Johnny Depp, Enemigos Públicos

Algunos pseudocríticos que emplean el castellano a la ligera la han llegado a tildar de “obra maestra”. Pero, entonces… ¿Qué es El Padrino, o Uno de los nuestros? Pataletas de la crítica. Hablo de Enemigos Públicos, lo último de Michael Mann. Mucho se esperaba de este metraje: Depp, Bale y Cotillard, con Mann en la dirección, en una película de gángsters ambientada en los años 30. ¿Apetecible, verdad? Bien, pues al final se quedó en un mamotreto largo como un día sin pan, aburrido, insípido, olvidable. Los ingredientes tenían buena pinta… Pero la comida se quemó. Hasta la reciente American Gangster, de Ridley Scott, supera de largo la última milonga de Mann.

Es una cinta sencilla, por no decir facilona, lineal, para la gran masa, esa masa gris que agolpa la sala de cine ansiosa de algo… Algo que al final no encuentra. Pero lo mejor de todo es que luego viene el crítico de turno a perjurar que incluso podemos encontrar segundas lecturas. Váyase usted a freír espárragos. También dijeron que el personaje de Depp era el Robin Hood de la Gran Depresión, pero que yo sepa Robin Hood llevaba medias y robaba a los ricos para dárselo a los pobres, no para gastárselo en coches y putas. Que no nos cuenten historietas, por favor; ya estoy harto de ese tipo de promociones troleras.

No quiero ser ventajista, pero sólo hay que imaginar lo que habrían hecho directores como Scorsese, por poner un ejemplo, con estas mieles. Sin embargo, en manos de Mann la cámara se mueve tanto durante los primeros minutos que a la media hora ya tienes ganas de vomitar y te la trae al pairo que le peguen un tiro en la sesera al tal Dillinger; es más, lo deseas fervorosamente, o al menos yo lo deseé. Le recomendaría a Depp que no se separe mucho de la vera de Tim Burton, y eso que no soy yo su mejor valedor.

Aun así, para mi gusto es precisamente Depp el único que salva los muebles; siempre he dicho que este tío tendría que tener un Oscar desde hace muchos años. El pobre Bale es un figurante de apariencia impasible que capitanea al atajo de inútiles que dan caza a Dillinger, mientras que la Cotillard hace de mujer florero supuestamente valiente pero llorona. Los personajes están desenfocados, mal construidos o mal ejecutados, no nos importa nada lo que hacen, no corremos miedo por sus vidas porque, sencillamente nos dan igual.

Luego está lo del formato digital. Para muchos el mayor acierto de Mann consiste en introducir esa apariencia moderna típica de él en una película de época. Yo no me incluyo entre estos. Eso queda bien en Collateral, pero no aquí. Para mí ver Enemigos Públicos fue como visionar el vídeo de matrimonio de mi tío. Eso sí, hasta en los peores sitios crece la hierba y, según la regla, la cinta tiene varios momentos destacables en los que despiertas de tu letargo. Así sucede en las escenas de acción, por ejemplo, o en la escena final a la salida del cine.

Decía Coppola que en una buena cinta hay que colocar lo mejor al final y lo segundo mejor al principio. En eso cumple Mann. Pero todo lo demás es paja, diálogos vacíos, el páramo yermo de una película que lo mismo da no ver porque no deja apenas poso o, al menos, no el poso que se presuponía. Una buena promoción y un cartel de lujo han llenado los cines de gente que, en su mayoría, buscaba algo más. Mucha pólvora y pocas nueces para un trabajo del que se esperaba muchísimo y que, finalmente, ha acabado en el cementerio de los proyectos desaprovechados.