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Enric Marco, una vida de mentira

Las grandes masas sucumbirán más fácilmente a una gran mentira que a una pequeña”

Adolf Hitler

Lo recuerdo con una nitidez pasmosa. El profesor de Historia, un señor reconcho y de cabello grasiento que estaba casado con una mujer de bandera, lo anunció con pomposo orgullo: nos visitaba Enric Marco. Por aquel entonces yo tendría 17 años a lo sumo y cursaba primero o segundo de bachillerato en un instituto de educación pública. El citado profesor nos dijo que nuestra promoción era privilegiada por escuchar la historia de uno de los supervivientes españoles del Holocausto. Hasta ahí, todo parecía prometedor.

Nos reunieron a todos los estudiantes en el amplio salón de actos del centro. Enric Marco presidía la asociación Amical de Mauthausen y sumaba más de tres décadas narrando su dramático pasado como víctima del nazismo en el campo de concentración de Flossenburg. Se rumoreaba que el caballero en cuestión tenía una presencia publica importante, ya que impartía como mil charlas al año a razón de 500 euros por ponencia, gastos incluidos. Todo se antojaba poco por escuchar a un español que había vivido la barbarie nazi en sus propias carnes.

Marco nos contó, por ejemplo, cómo se jugó un trozo de pan en una partida de ajedrez con un soldado alemán. Una anécdota muy cinematográfica para un hombre que, acto seguido, ponía en tela de juicio la ética y la veracidad de cintas como ‘La vida es bella’ o ‘El pianista’. Una opinión respetable, sin duda. Mi sorpresa vino cuando el ponente se salió del guión y, ante un público menor de edad y en un centro de educación pública, empezó a elevar proclamas, puño en alto, a favor de la III República. “Mientras los nacionales masacraban al pueblo, nosotros compartíamos el pan como hermanos”, afirmó sobre la Guerra Civil.

Aquella soflama dejó un regusto agrio entre el público y, a toro pasado, generó encendidos debates en el patio. Algunos padres de alumnos no dudaron en quejarse a la dirección del centro. La polémica quedó suspendida en el aire hasta que, apenas tres o cuatro días después, Enric Marco abrió los informativos de todo el país. Marco afirmaba que “la mentira surgió en 1978” y la mantuvo porque “parecía que me prestaban más atención y podía difundir mejor el sufrimiento de las muchas personas que pasaron por los campos de concentración”.

Como todos sabemos ahora, Enric Marco era un impostor. Durante 30 años había vivido de una mentira y había representado a los deportados españoles. “Mentí porque me escuchaban más y así mi trabajo divulgativo era más eficaz”, aseveró cuando se conoció la impostura, en mayo de 2005, durante las conmemoraciones de Mauthausen. Marco, además, considera que él también conoció determinadas formas de represión y que nadie puede decir si su sufrimiento era menor que el de los deportados. Era y sigue siendo, a todas luces, un sinvergüenza cainita.

Enric Marco suplantó la identidad de otra persona e hizo pivotar toda su vida en torno a una mentira; tanto es así que su principal fuente de ingresos procedía de ella. Resulta curioso cómo la mentira abraza al mundo y, en ocasiones, lo sustenta: lo mismo sirve para justificar una guerra que para decretar una ley o aupar al poder a un partido político. Se suele decir que la mentira tiene las patas cortas, aunque no es totalmente cierto; con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver. En apenas unos días, Marco pasó de ser un canalla aplaudido en mi instituto, a ser un canalla denostado en todos los medios. Sí, la verdad nos hará libres.

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