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Archive for the ‘periodismo’ Category

Suicidios

marzo 2, 2010 Deja un comentario

“El suicidio de los jóvenes es la gran enfermedad del siglo”

Nicolas Sarkozy

Por primera vez España ha registrado más muertes por suicidio que por accidentes de tráfico. Para algunos la salida más fácil, y por tanto la más cobarde, a los problemas de la vida cotidiana; para otros una opción valiente por tratarse de una acción contranatura, pues el ser humano es un animal con un acusado instinto de supervivencia. El caso es que 3.421 personas optaron por suicidarse en España durante el año 2008. Los sonados suicidios de France Telecom son sólo la punta de un iceberg muy empinado. Una cifra increíble, una lacra social que apenas tiene reflejo mediático. Pero, ¿por qué?

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La ignorancia para perpetuarse en el poder

enero 11, 2010 3 comentarios

“La verdad os hará libres”

Juan 8,32

Los políticos murcianos se han propuesto ahorrar. Es normal, porque la cosa está muy mala. Así que el consejero de Cultura de la Región, el ínclito Pedro Alberto Cruz, ha resuelto retirar la prensa escrita y las revistas de actualidad de la Biblioteca Regional de Murcia. Increíble, ¿verdad? Esta penúltima cruzada me ha dejado perplejo.

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Stieg Larsson, un hombre best-seller

julio 15, 2009 Deja un comentario

“La filosofía mercantilista que desde hace mucho tiempo viene rigiendo la cultura ha convertido a las grandes casas editoras en expendedoras de best-sellers previsibles, prefabricados sobre un riguroso estudio de mercado”

España en los diarios de mi vejez, Ernesto Sábato

Un best-seller no es el chocolate del loro. No es ponerse manos a la obra, ale, coger una buena idea y desarrollarla. Los aficionados a lecturas más puritanas lo sabemos. Son muchos los autores de renombre que lo han intentado y han muerto en el camino de la desidia literaria. Best-seller se nace. Cuando Dan Brown arrasa en las librerías del mundo entero con sus códigos medievales y sus sectas secretas es por una causa racional; no todo el mundo es capaz de ensamblar una historia que atrape sin fisuras desde la primera página hasta la última. Bajo esta premisa, ciñámonos al fenómeno literario del momento: la trilogía ‘Millennium’.

La obra no es un best-seller al uso. Presentada como una lectura novedosa e inteligente, ‘Los hombres que no amaban a las mujeres’ no ofrece nada nuevo bajo el sol. Dos protagonistas casi antagónicos que se atraen mutuamente: un periodista de éxito con mucho sex-appeal y una muchacha “sociópata con rasgos psicopáticos que no funciona como la gente normal”. Él, de nombre Mikael Blomkvist, es un caballero idealista destinado a desenmascar los trapos sucios de la clase económica sueca. Ella, Lisbeth Salander, es una hacker inteligente como pocas. Quizás el mayor logro de Larsson resida en que dichos personajes principales no se corresponden con los esterotipos policiales de toda la vida: Blomkvist no es un borracho y se comporta como una fulana desinhibida; Lisbeth, por su parte, aporta las cualidades más masculinas. Los roles aquí están cambiados.

‘Millennium’ también nos ofrece asesinatos en serie, violaciones, misterio y acción, entre otras muchas cosas. Un cocktail apeticible por morboso. Stieg Larsson nos muestra una Suecia liberal y laica cuya sociedad está compuesta, en su mayoría, por personajes altamente desequilibrados, si bien el autor suaviza la inverosimilitud de su relato con una escritura briosa y fulgurante que aúna un sentido de la cohesión narrativa y del ritmo literario muy especial. Tanto es así, que el lector no se puede despegar del libro hasta el desenlace, como sucede con todo buen best-seller. Eso sí, de por medio encontramos muchos sándwiches y cafés; mucha paja en definitiva, lo que explica hasta cierto punto el grosor de la trilogía.

El sentido de la obra se diluye en la excepción a la regla

El principal problema surge cuando Larsson pretende dotar a su obra de un sentido del que carece casi por completo. ‘Millennium’ es un alegato a favor de las mujeres, pero hasta cierto punto. Estamos hablando de un género negro, de literatura ligera, de entretenimiento sin paliativos, no de escritura clásica. Si Larsson pretendía hacer un favor a las mujeres no se debería haber centrado en la excepción a la regla, es decir, en asesinatos en serie o violaciones salvajes. Eso no es sino el contrapunto social. Existen en la sociedad contemporánea múltiples desigualdades entre hombres y mujeres. Desigualdades salariales, por ejemplo. Eso sin hablar del maltrato doméstico que padecen millones de féminas en todo el mundo.

Quizás lo más curioso de la trilogía, compuesta por tres obras conectadas pero autoconclusas, sea la trágica muerte de su autor, una muerte que, no neguemos la evidencia, ha azuzado el fuego de este best-seller plantetario. Larsson, periodista y reportero especializado en los grupos de extrema derecha antidemocráticos, murió de un ataque al corazón justo cuando entregó a su editor el tercer volumen de la trilogía y poco antes de que se publicara el primero. Tras su inesperada muerte, su obra se ha convertido en un fenómeno editorial en todo el mundo; muchos lectores la celebran como una obra maestra, aunque para un servidor, por supuesto, no lo sea. Eso sí, dicen que Larsson siempre tuvo claro que ‘Millennium’ triunfaría. Tenía razón. Porque Larsson era un hombre best-seller, y best-seller se nace.

Periodismo: verdades ocultas y manifiestas

mayo 19, 2009 1 comentario

“La verdad os hará libres”

La Biblia, Jesucristo

La libertad de expresión, en el ojo del huracán

La libertad de expresión, en el ojo del huracán

Los periodistas –o periodistas en potencia, como es el caso- nos movemos en un terreno de secretos, de verdades a medias, de sucesos que algunos pretenden ocultar a la opinión pública. O eso dice nuestro profesor de Derecho de la Información. Puede que el asunto resuene en nuestros oídos pleno de historias de espías al más puro estilo 007, con malos poderosos que pretenden que no se conozca la verdad de sus maldades. Nada más lejos de la realidad; desde la perspectiva de un estudiante de Periodismo, la asignatura de Derecho se presenta como un páramo saturado de eufemismos en donde sólo importan las excepciones a la regla. Necesaria pero generalmente aburrida, a veces interesante: así es la asignatura.

Todo esto venía a colación de los llamados secretos oficiales. Resulta que la propia Constitución señala que las Administraciones públicas deben ser transparentes en sus relaciones con los ciudadanos, si bien en su artículo 105 dispone que la ley regulará el acceso de los ciudadanos a los archivos y registros administrativos, “salvo en lo que afecte a la seguridad y defensa del Estado, la averiguación de los delitos y la intimidad de las personas”. Por tanto, el trabajo de la Administración se desarrolla con luz y taquígrafos hasta cierto punto. Similar es el caso de la libertad de expresión, derecho que también cuenta con límites tales el derecho a la propia imagen o a la intimidad.

Y es que el tema de los secretos oficiales entronca en cierto modo con la libertad de expresión y sus cortapisas. De hecho, no hace muchos días se celebraba el día mundial de la libertad de prensa. Una prensa situada más que nunca en el ojo del huracán, atenazada por la crisis económica y unas presiones políticas que amenazan al periodismo libre. Un preocupante informe señalaba que en 2008 la libertad de prensa se deterioró en los 195 países analizados: países como Israel o Italia pasan a considerarse países “parcialmente libres”. ¡Italia! No hace mucho que pensábamos que esto era cosa de países bananeros y tercermundiastas como Cuba o Corea del Norte. Resulta que los políticos de turno se han dado cuenta de que los medios ponen y quitan gobiernos.

Pero quisiera volver a la premisa inicial. Como dije, el periodismo se mueve en un terreno pantanoso en el que algunos –generalmente los poderosos o las autoridades que tienen algo que ocultar- tratan de hurtar a la opinión pública el conocimiento de determinados hechos. Tal es el caso de los políticos corruptos, que aquí en España parecen ser legión. Sin embargo, en el otro extremo encontramos a algunos sectores que pretenden justo lo contrario: encontrar en los medios el altavoz ideal para sus fechorías. Me refiero a los terroristas y a los “hechos-noticia” de Umberto Eco. ¿Acaso no pretendían los terroristas del 11-S precisamente eso? Incluso hay teorías que apuntan que Mohammed Atta y sus esbirros eligieron esa hora porque el espectáculo sería visible simultáneamente en todo el mundo: por la mañana en América; por la tarde en Europa y por la noche en Asia.

Se trata de otro de los eternos dilemas que oprime a la profesión periodística. ¿Por qué dar voz a aquéllos que matan precisamente para eso, para aparecer en los medios y generar un estado de miedo en la opinión pública que favorezca sus pretensiones? No falta quien aboga por no informar de las acciones terroristas aludiendo que sería el modo más rápido de acabar con el terrorismo. Sin embargo, ¿cómo faltar al derecho a la información de los ciudadanos, un derecho constitucional por otra parte y el motor que mueve a la prensa desde sus inicios?

Como veis, se trata de una difícil disyuntiva. Por eso creo que no falta quien se escuda en una imparcialidad errónea para no afrontar este problema y escurrir el bulto. Un claro ejemplo nos lo brinda la BBC, quien no califica a nadie de terrorista, ni a nada de un acto de terrorismo. Según su Escuela de Periodismo, la BBC describe determinados hechos para que la audiencia saque sus propias conclusiones. “No hay que menospreciar la audiencia”, llegan a afirmar.

Pero, ¿acaso cabe mayor desprecio por la profesión que no llamar a las cosas por su nombre? Una cosa es rehusar los adjetivos y otra muy distinta es emplear eufemismos que difuminen la realidad. Es cierto que el periodismo se mueve en una tierra de grises y que la realidad es demasiado compleja y camaleónica como para verla desde un solo punto de vista. No obstante, la BBC se equivoca, por ejemplo, cuando denomina a ETA como “grupo separatista vasco”. Pistolas contra nucas se llama terrorismo. Blanco y en botella.

Un servidor opina que la objetividad periodística no es sino el deseo del periodista de realizar su trabajo con honestidad, sin faltar a la verdad, tratando siempre de ser lo más objetivo posible. Porque la objetividad total se corresponde con la realidad tangible, y eso es una quimera hasta para el periodista más veterano y avezado. Sin embargo, dicha imparcialidad debería ser el objetivo último de la profesión, la meta final de sus esfuerzos. Por supuesto, ello no significa que el periodista no se postule a favor de una serie de valores tales como la libertad, la democracia o el medio ambiente, rebelándose contra el terrorismo o las guerras. En el periodismo, las cosas por su nombre. Y con la verdad por delante.